Tres días de auténtica utopía: ¿qué queda cuando interactuamos entre nosotros?

Han transcurrido tres días de la Conferencia sobre Utopía en la Universidad Leuphana de Lüneburg, a la que asistieron mil personas más. Tres días repletos de encuentros, reflexiones, momentos de inquietud, preguntas, resonancia y, sobre todo, generosidad. "¿Generosidad, una utopía?" fue la pregunta central de la conferencia de este año. La gente se reunió para reflexionar sobre cómo podría ser una sociedad que, incluso en tiempos de pérdida, endurecimiento y represalias, nunca deje de crear posibilidades.

Como utópica en la vida real, tuve la oportunidad de dirigir un taller sobre Justicia Restaurativa. Y quizás eso fue lo más maravilloso de esos tres días: no tuvimos que inventar una utopía. Pudimos explorar una que ya existe, pero que aún está lejos de ser una realidad en todas partes. La Justicia Restaurativa plantea preguntas que desafían nuestra comprensión convencional de la justicia y el castigo: ¿Qué sucedió? ¿Quiénes resultaron afectados? ¿Quién es responsable? ¿Qué necesitan las víctimas? ¿Y qué se necesita para que, después de una lesión grave, un futuro vuelva a ser posible? No se trata de aliviar la culpa ni de minimizar el delito. Al contrario: el acto y sus consecuencias deben tomarse en serio. Pero quizás ahí reside un desafío social: ¿Podemos responsabilizar a una persona por lo que ha hecho sin reducirla a su acto?

Una pregunta en particular me preocupó, y la incluí como un "acertijo" en el taller: ¿Existe un límite para la justicia restaurativa?
¿Es el crimen en sí mismo un límite social? ¿Hay actos que nos obligan a decir: «Hasta aquí y no más»? ¿O acaso el verdadero desafío comienza precisamente ahí? Incluso ante los crímenes más atroces, ¿podemos mantener la posibilidad de responsabilidad, cambio y reparación sin siquiera empezar a mitigar el sufrimiento de las víctimas? ¿Quién o qué determina este límite?
¿La ley? ¿La sociedad? ¿Los afectados? ¿O acaso se nos permite replantear esta cuestión una y otra vez?
Para mí, esta no es una cuestión teórica. Influye en mi trabajo en el sistema penitenciario, donde facilito diálogos de justicia restaurativa utilizando mi concepto de "Trabajo Orientado a Sobrevivientes en Prisiones (BoAS)". Un centro penitenciario es un mundo aparte: un mundo con reglas claras, procedimientos establecidos y un fuerte enfoque en la seguridad. Al mismo tiempo, es también un mundo donde las personas trabajan, aprenden, ríen y se preparan para una vida después de su liberación. Quienes observan el sistema penitenciario desde fuera suelen ver primero los muros, las puertas, los controles y los delitos. Pero quienes lo observan más de cerca descubren una realidad mucho más compleja. Las personas pasan parte de su vida allí. Trabajan en talleres, aprenden, reciben formación profesional, participan en programas terapéuticos, reciben asesoramiento, mantienen relaciones con el mundo exterior e intentan, a veces con gran dificultad, encontrar un camino hacia una vida sin más delitos. La interacción entre el personal y los reclusos no se basa únicamente en el control y la distancia. Los límites profesionales y la seguridad son esenciales. Al mismo tiempo, hay respeto, conversación, humor y encuentros humanos cotidianos. La humanidad no termina en los muros de la prisión.
Y quizás ese sea precisamente un punto de partida importante para la justicia restaurativa.
Porque si partimos de la base de que las personas pueden cambiar, entonces también debemos crear espacios en los que el cambio se vuelva concebible y tangible.
En nuestro taller de tres días, no solo hablamos de justicia restaurativa, sino que la practicamos. Experimentamos lo que sucede cuando las personas se escuchan de verdad, cuando no hay necesidad inmediata de discutir, juzgar o responder, cuando se permite que coexistan diferentes experiencias, cuando una pregunta no requiere una respuesta rápida. Y, una vez más, comprendí el poder del círculo. Un círculo transforma las perspectivas; nadie se sienta automáticamente al frente, y nadie es simplemente un espectador. Las personas participan. Quizás esa sea una de las ideas más simples, pero a la vez más radicales, de la justicia restaurativa: nos sentamos juntos y nos tomamos en serio mutuamente.
Un taller de este tipo solo puede tener éxito si la gente lo apoya en conjunto.
Por lo tanto, estoy especialmente agradecida a Liane, quien me guió con tanto apoyo durante estos tres días como facilitadora del taller. Su presencia, su atención y su apoyo me brindaron un espacio importante en el que pude concentrarme plenamente en el contenido y en las personas. Y luego estaba Jelena, nuestra increíble facilitadora. Guió con maestría la discusión en el auditorio, asegurándose constantemente de que las ideas individuales convergieran en un espacio compartido para la reflexión. Sven, quien organizó la conferencia sobre utopías con tanta profesionalidad, junto con un gran equipo de colaboradores (Sarah y Marie: ¡son unos ángeles!). Y, por supuesto, las maravillosas personas que participaron en nuestro taller (¡incluso en el bosque, sí!). Personas que no solo escucharon, sino que también aportaron sus ideas, hicieron preguntas, discreparon, desarrollaron sus propias ideas y, finalmente, se unieron a nosotros en el escenario del auditorio. Ese fue uno de los momentos más hermosos de la conferencia para mí. Porque para mí, una verdadera utopía no significa que una sola persona presente una visión terminada del futuro. En mi opinión, una utopía realista surge cuando la gente empieza a creer colectivamente en algo que aún no se da por sentado. Y eso fue lo que ocurrió allí durante tres días.

La conferencia también me brindó una nueva perspectiva sobre el concepto de generosidad. La generosidad no se limita a la amabilidad. Puede significar darle espacio a otra persona. Escuchar incluso cuando ya tenemos una opinión. Tolerar una perspectiva que nos incomoda. No reaccionar de inmediato con violencia, sino confiar en los demás, y especialmente en nosotros mismos, en que el cambio es posible.
Y tal vez incluso abstenerse de tomar represalias donde la retribución y el castigo son socialmente esperados. La Universidad Leuphana describe la generosidad en su sitio web como un acto de adaptación que trasciende la lógica de la retribución y el mero intercambio, y que puede ofrecer un atisbo de la posibilidad de algo mejor. Al mismo tiempo, persiste la pregunta: ¿cuándo la generosidad se convierte en paternalismo o se desvía de la justicia?
Conozco muy bien esta tensión por mi propia experiencia. La justicia restaurativa no debe ser generosa a expensas de las víctimas. No debe implicar que los perpetradores queden exentos de responsabilidad. No debe significar que relativicemos los delitos.
Pero puede significar que pensemos de forma más amplia sobre la posibilidad de la responsabilidad.
Ante todo, me llevo una gran gratitud de la Conferencia Utopía. Por tres días en los que pude pensar, escuchar y compartir mis ideas. Por las personas que se abrieron a los encuentros. Por las muchas preguntas para las que no encontramos respuestas fáciles. Por los Círculos RJ. Por Liane. Por Sven. Por Jelena. Por las personas que nos acompañaron en el escenario. Y por la sensación de que la utopía quizás comienza precisamente cuando dejamos de entenderla como un modelo definitivo para un mundo mejor.
La Conferencia Utopía planteó la siguiente pregunta: ¿Cómo sería una sociedad generosa?
De estos tres días me surge otra pregunta: ¿Hasta qué punto puede una sociedad abrirse al cambio sin renunciar a la responsabilidad por lo sucedido? ¿Y qué necesita la gente para ello? Aún no tengo una respuesta definitiva, pero ahora sé un poco más sobre con quién y cómo quiero profundizar en esta cuestión.









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